Domingadas

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Últimamente los domingos traen mar de fondo, luz y nubes, turistas de cruceros y locales adictos al running. Primero ponemos la lupa sobre el Parque Islas Canarias, con sus sempiternos tablones rotos, con sus zigurats de excrementos, con sus hermosas especies arbustivas, florales y arbóreas que los alemanes huelen y retratan con zoom como nosotros.
Seguimos el recorrido por la Avenida y hoy decidimos callejear. Primera parada: en la misma Avenida, en la Casa de los Arroyo, porque el tirador de la puerta nos lanza miraditas doradas. Más adelante, ya lejos de la arteria marítima, nos detenemos frente al solysombra que proyecta el bar sin rótulo que todo el mundo conoce por sus extraordinarios bocadillos de calamares. Sólo una chumbera -o familia- anuncia su presencia.
Como hay voces, nuestro perro zahorí nos conduce hasta la Plaza de Las Palmas. No es un cuentacuentos, ni son hinchables. Es un señor que habla a través de un megáfono a niños y padres. Habla de hacer misión y oración abordo de un metafórico tren que recorre España. Debe de decir cosas graciosas porque los niños corean y los padres se ríen. Nuestro ateísmo nos hace sacar una foto y correr hacia el callejón del Aguaresío para retratar el Charco de San Ginés en plácida marea llena y ver el horario de la cartelera de los Multicines Atlántida.
Las esquinas sin azufre nos conducen por la calle Real y a buscar callejones más chicos, hasta que damos con el Pasaje Julio Blancas, antiguo callejón donde el señor Wandem proyectaba pelis y organizaba veladas de boxeo. Esa historia cinematográfica de Lanzarote nos la contó Marco Arrocha, historiador y cinéfilo, y también ‘debaso’ y ‘cabrilla’ a mucha honra. Un prodigio de cronista contemporáneo, que escribe con desparpajo y a carne abierta.
En el susodicho callejón también se proyectaban las películas que quería el párroco de Arrecife (y que sólo entregaba boleto a los niños que iban antes a misa). Hoy es un sitio sin tráfico, sin ruido y sin nada. Uno de esos espacios cerrados donde uno se imagina actividades como las que hubieron. ‘Socos’ públicos hechos para ser utilizados.
Luego viene la Plaza de la Harinera, con la tienda de Luciano Socas (que vende grano, encurtidos, maravillas y queso majorero a diferente precio a forasteros o locales, al menos hace años). Cosa de locos que un collar de contenedores rodee esta plaza, que suele estar habitada por los parroquianos que frecuentan la bodeguita de Luciano.
Enfilamos el camino de vuelta hacia el estudio-hogar por la calle Río de Oro, que siempre nos parece muy invitadora, con esas molduras. El griterio en el Bar Emiliano (en la calle Democracia, antigua 18 de Julio tal y como recuerda el absurdo cartel) nos indica el tercer gol de Cristiano Ronaldo. Qué blanco todo.
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