Quién maneja mi barca (la historia de Inalsa)

Manifestación contra la privatización de INALSA
Nos llama  mucho la atención las pocas personas (alrededor de 300) que el sábado 26 de enero secundaron la manifestación contra la privatización de Inalsa, la empresa que controla el ciclo integral del agua en Lanzarote (la produce, la distribuye, se encarga del saneamiento y de su reutilización).
Trescientas personas son una gotita de nada en comparación con las casi 25.000 que salieron a la calle para manifestar su rechazo a las prospecciones petrolíferas en aguas lanzaroteñas, un atentado contra la lógica sostenible e innovadora hacia la que decía dirigirse Canarias.
El agua (su ausencia o  su presencia) ha dibujado la historia de Lanzarote. En 1825, la corporación municipal de Arrecife pidió la condonación de impuestos debido a la mala situación económica y a la falta de agua.
A mediados de ese áspero y dramático siglo XIX, se aprobaron hasta nueve “imploraciones” y ruegos divinos para pedir lluvia al cielo. No surgieron efecto y la sequía se llevó por delante a la población.
El periódico Crónica de Lanzarote pidió a sus lectores que plantasen árboles para fomentar la lluvia. “No tenemos agua, no tenemos cosecha de cereales, no tenemos barrilla, las legumbres empiezan a secarse antes de florecer y la miseria nos tiende sus pálidos y descarnados brazos”, describía la cabecera.

“No tenemos agua, no tenemos cosecha de cereales, no tenemos barrilla, las legumbres empiezan a secarse antes de florecer y la miseria nos tiende sus pálidos y descarnados brazos”, añadía el periódico.

El siglo XX se inauguró con un proyecto grueso: se creó un deposito de 15.000 metros cúbicos de capacidad para el abastecimiento de agua de la isla: las Maretas del Estado.
El conocimiento del lanzaroteño, basado en el sentido común y la experiencia, pobló de aljibes las casas y de nateros los barrancos. Hendiduras en la tierra, depósitos en los hogares para recoger hasta la última lágrima del cielo, para ser bebidas por los seres humanos, los animales y la tierra volcánica cultivable.
En 1960, con el turismo descubriendo ya las maravillas virginales de Lanzarote, la isla contrata un buque cisterna para poder recibir todas las semanas 1.500 toneladas de agua procedentes del Puerto de Las Palmas a Arrecife.
Y ya llegamos al momento fundamental de la historia: en 1964, los hermanos Díaz Rijo -ingenieros lanzaroteños- instalan la primera desaladora  de España en Lanzarote, en la zona de Punta Grande. Era una Westinghouse que producía agua y energía. La ósmosis inversa permitía convertir el agua de mar en agua potable. Fue un antes y un después en el desarrollo insular.
Sólo 10 años después de ponerse en marcha, en 1974, el Cabildo y los siete ayuntamientos de la isla se unen para crear el Consorcio de Agua, que toma el relevo a la empresa privada de los Díaz Rijo y se encarga de afrontar la inversión necesaria para crear nuevas potabilizadoras y extender la red de distribución.
El Cabildo —máxima institución insular— asume el 60%  del gasto y los consistorios, el 40% restante. Este modelo duró poco y en 1989 nació la empresa pública Insular de Aguas de Lanzarote S.A. (Inalsa), con el Consorcio de Agua como único accionista. ¿Por qué se creo? La propia web de Inalsa lo explica con vaguedad fascinante: “Para agilizar y organizar mejor la problemática del agua”.
En 2012, las cuentas de la empresa pública se convierten en la pesadilla de cualquier persona, pyme, hogar o multinacional: la empresa ha contraído 50 millones de euros de deuda con sus proveedores. Existen dos opciones: asumir responsabilidad como gestor (y dejarse embargar los bienes) o hacer cómo que no ha pasado nada (habrá sido la crisis) y  privatizar la empresa con las condiciones que sean más beneficiosas para el nuevo gestor.
Es un nudo gordiano surrealista, pero cierto: los catastróficos gestores —cargos públicos que militan en  Coalición Canaria, PSOE y el Partido de Independientes de Lanzarote— son los que deciden la solución. Y deciden privatizar.

 

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