Rotas

Luz Adolfo Suárez
Hay señoras que parecen rotas por dentro y también por fuera. Esta es pepona, rubia, acaba de alojarse en un Hesperia de Lanzarote y lleva souvenirs colgados en las orejas. Tiene las mejillas sonrosadas, color vena, teñidas con ese arrebol loco que inflama la carne cuando viene del frío y y se encuentra de repente con el calor.
Aunque está pertrechada con una almohada cervical hinchable (e hinchada) y un abrigo acolchado, no encuentra acomodo en la butaca. Y eso que es butaca y no ranura de sellos, como la de Ryanair.
Resopla antes del despegue. Resopla una vez y luego otra, y tres y cuatro veces. Es el niño alemán de adelante, que salta sobre el asiento, y la luz que entra por la ventanilla, que ella cierra de golpe, a guillotina, con contundencia revolucionaria. Es el avión, es el niño, es el ruido del motor, deben de ser los aviones en general, que no terminan de casar con su forma de entender los desplazamientos.
Será el regreso, será el futuro del frío.
Podría darse la casualidad de que lea estas líneas. De que concretemos el destino, el vuelo, el número de fila y nos mande a la mierda. No pasaría gran cosa. Sólo la consciencia de que todos damos con algún que otro papel protagonista cuando somos observados.
Como no pudimos ni quisimos fotografiarla, ilustramos estas palabras con la luz (mira que es cetrina, la jodida) de Madrid. Es 21 de noviembre de 2014. Son las cinco de la tarde y Endesa vive otra jornada feliz.
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