Comerse el norte

Aterrizamos en el aeropuerto de Loiu a bordo de un avión de Vueling, una de las tres compañías que conectan Lanzarote con el valle donde muere el Nervión.
Ola de calor. Nos sudan hasta los carcañales.
Hemos pasado los 150 minutos de vuelo comiendo galletas y fruta, aplastando champiñones en nombre de Mario Bros, leyendo La doble vida de las hadas (Santi Balmes)  y ojeando la revista Ling.
Ahora sé que la monastrell es un tipo de uva y quiero recorrerme la costa catalana de ático a camping. Pensar en otros viajes cuando acabo de empezar uno tiene que significar algo.
Cubierta de Ling Satellite
Aunque la estación meteorológica de Loiu advierte lluvia 180 días al año, Santiago Calatrava diseñó la zona de espera del aeropuerto bilbaíno a la intemperie. ¡Extraordinario!
Cogemos al autobús que lleva al centro de Bilbao. Nos bajamos en Moyua y caminamos hasta Abando, plaza y bulevar con su típico Hilton, sus típicos setos y sus típicas marcas de gran ciudad.
Repostamos en el Lar por consejo de una amiga. Es un restaurante muy pequeño que brilla con luz ambarina. Dos cañas, jamón de bellota, 1.300 gramos de chuletón de buey para compartir, una botella de Paco García Seis, helado de vainilla con cerezas, queso Idiazabal con membrillo y café para no morir: 98 euros.
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Salimos. Cae xirimiri. No hay nada más fino. La lluvia vaporizada nos despeja. Pastosos pero dignos, llegamos al apartamento que hemos reservado con Airbnb (68 euros por pasar la noche en un estudio a dos pasos del centro, con cocina de colores, tostadas, magdalenas, café y naranjas para desayunar). Adiós, hoteles rancios. Hola, casas con encanto.
Caminamos sin mucho rumbo y pasamos la tarde en La Alhondiga. Paseamos por la ría. El Nervión tiene otro color desde que Gehry, Foster, Isozaki y otros colegas creasen pequeños hitos en la ciudad. De vuelta, compramos fruta y embutido para cenar en casa. Caemos como pajaricos intoxicados con grisú.
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Nos levantamos, ronroneamos, nos estiramos, caminamos zombis hacia el tarro del café y desplegamos el desayuno que se merece un día sin despertador. Nos refugiamos del aire caliente en el Museo Vasco. Flipamos con la caza de ballenas y la carpintería.
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Luego toca  Guggenheim. El señor Koons nos da exactamente igual y Basquiat nos da qué pensar. Sus esquemas de escritura automática son inspiradores. Comemos un bocadillo de jamón en la estación antes de coger el autobús de La Unión. Destino: Pamplona. Arden las cortinas. Resoplidos y modorra generalizada en el pasaje.
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Dos horas después, llegamos a la Ciudadela, fortaleza renacentista de la vieja Iruña. Baluartes, hojas en el suelo, verde, verde, verde. Caminamos diez minutos entre árboles de tronco robusto y perímetro afectuoso. En 2010, el censo arbóreo de la ciudad rondaba los 144.000 ejemplares. Llegamos a Iturrama. Se nota que es un barrio de buen vivir porque hay dos cocederos de marisco en la misma manzana.  Nos abren la puerta de casa y llueven besos, besos, muchos besos, ducha, cena, tertulia y a dormir.
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PAMPLONA. Fiesta en el chalé de los Izu

Continúa el bochorno plomizo y extravagante. Pero esto es Pamplona: siempre hay que llevar una chaqueta por si refresca. Hoy toca vermú doble. El primero, a las doce de la mañana. Algún cura debe de estar cantando el ángelus a esa hora y, para compensar, nosotros cantamos rondas.
Caminamos por la avenida Baja Navarra y dejamos atrás una orgía de croquetas, mostos, zuritos (chatos) y vinos. El chalé de los Izu (1955) nos recibe con amigos, abrazos de verdad, cañas, cañones y jarras de dimensiones bárbaras. El novio tiene razón y la playlist del baile es memorable (The Doors, Raphael, los Kinks, no sé si suena Rita Pavone, pero me lo parece). Por fin truena. Gintonic, gintonic, cigarro, gintonic, “ahí no se puede fumar”, gintonic y tormenta. Llueve a cántaros. Felicidad. Para celebrarlo caminamos hacia la cuesta del Labrit para adentrarnos en los burgos medievales, llenos de bares. Sobrevivimos al Cavas, al Kathos y acabamos con toda lógica en el Terminal.
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Domingo. Es tradición encargar pollo o gorrín (cuto, cerdo, cochino) en uno de los muchos hornos artesanos de la comarca. Además del asado, el menú se completa con una buena ensalada y pantxineta (dulce de hojaldre y crema pastelera) a un precio imbatible. Devoramos el encargo en la sociedad de Galar. La sobremesa es a la sombra, entre risas y los bostezos de algún perro.
Aquí no lo parece, pero quedan menos de 24 horas para el txupinazo de San Fermín. El casco viejo de Pamplona está a reventar. A la tarde, vemos los toros que correrán el primer encierro. Están encerrados en los corrales del Gas, en el barrio de la Rotxapea. Tres euros de entrada para contemplar la parsimonia animal a través de unos ventanucos. Los que entienden se dedican a pronosticar: “Acuérdate de ese ojo perdiz, la va a liar”. La recaudación va a parar a la Casa Misericordia, una institución religiosa que gestiona una residencia de ancianos y organiza la feria taurina.
Un día como hoy la pequeña plaza del Ayuntamiento se da un aire importante. Luce protagonismo de postal. Hay unidades móviles de televisión, llueven los selfies, la gente está contenta, parece nerviosa. Nos desviamos del recorrido para ver el Palacio del Condestable (cerrado el domingo) y pedir un frito de pimiento en el Café Roch, el mejor bar de la ciudad (y que me perdone el Café Iruña, con sus tostadas templadas que soportan el peso de un océano de mermelada de albaricoque).
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Café Iruña
El almuerzo del seis de julio no se entiende sin  magras de jamón con huevo, tomate y patatas fritas, un clásico que ha de untarse con pan y regarse con vino, cerveza o patxarán. No es obligatorio, pero en el Norte todo se regula con unos cánones no escritos. El plato se suele digerir entre las siete y las once de la mañana, con el atuendo sanferminero: pantalón y camisa blancos (“como la sal”, dice la jota), faja roja a la cintura y pañuelico atado en la muñeca.
Foto de navarraesmuchomas.blogspot.com.es
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Caminamos hacia la plaza consistorial y llegamos hasta una bocacalle. Maldecimos a un australiano que babea vino Don Simón y se encarama hasta un balcón que lleva dos siglos en el mismo sitio. Quedan cinco minutos para que suene el cohete. Pañuelos desplegados al aire. Pelos de punta.
Sanfermín, Sanfermín, Sanfermín, sanfermínsanfermín. El grito va a más, como el vapor de una olla a presión.
Chissssssss, pún, locurón. Txistus, tambores, música, la banda Pamplonesa intenta tocar entre la multitud, que por supuesto baila, se besa, se mancha, se pisa, se empuja. Nos anudamos el pañuelo al cuello y nos retiramos al bar Gaucho para poder hablar con medio litro de cerveza (katxi) y dos croquetas.  La otra opción es ir de peña, en peña, para sudar a base de rancheras, canciones yeyé, pachanga, jotas y rocanrol. Hablamos de la fiesta, de por qué viene la gente, de lo taurino, del sentido de las cosas en general. Con el punto justo, nos cambiamos de camiseta para no oler a sangría y nos vamos a comer con la familia al asador Ikatza. Espárragos a la parrilla, carne a la parrilla, ¡aquí se pasan por la parrilla hasta las fresas!

GETARIA: Azul, maitia

Enganchamos dos autobuses para llegar al pueblo pesquero que alumbró al navegante Juan Sebastián Elkano (que tiene una estatua, un asador de una estrella Michelín y un frontón a su nombre) y al modisto Cristobal Balenciaga, cuya labor se honra con un museo en lo alto de una colina. El edificio es obra del arquitecto cubano Julián Argilagos. Impresiona. Está junto al Palacio Aldamar, una fantasía decimonónica donde vivieron los abuelos de la reina Fabiola de Bélgica, mentores de Balenciaga en sus primeros años de carrera. De lejos, la fachada palaciega parece mobiliario de Pixar fabricado con turrón.
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Nos quedamos en el Katrapona, que tiene poco de pensión: es una casa rural recién reformada, con balcones que se asoman al puerto. El bizcocho del desayuno sale recién hecho. Más tarde, comemos lo que olemos: pescado a la brasa. El aroma inunda el pueblo. Aunque aquí todo es azul y sabe a sirena (la carpintería de las casas, los barcos, las fábricas), los carnívoros también pueden sobrevivir.
La carne es de calidad y se puede acompañar con txakolí (vino blanco elaborado con la uva Ondarrabi Zuri). Bañico en la playa y paseo por el monte San Antón (popularmente conocido como el sagutxu –ratón– por su forma). Miradores, bancos de madera, banquillos de piedra cubiertos por musgo, árboles de hoja caduca, helechos, hiedras, boj y una barahunda de vegetación que haría llorar al mismísimo Radagast.

DONOSTIA. Oteiza y el Río Misterioso

Preciosa como ella sola, cara, pija, señorial y algo aburrida desde que a una reina le dio por empezar a veranear aquí, en el palacio de Miramar. Ongi etorri, estamos en Donostia, la villa que eligió la reina Isabel II para emborracharse de aires marinos a mediados del siglo XIX.
No hay que perderse ni uno de los edificios del frente marítimo donostiarra alguno con un estilo tan rematadamente inglés que podría ser una localización de Harry Potter. Conjuros en la playa.
Chillida peinando el viento y Oteiza (todo empieza y termina en Oteiza), los bares de pintxos y los cucuruchos de karrakelas. Si vas a tapear, elige el bar por su clientela. Busca gente mayor y de la tierra por el casco viejo, cerca del puerto. Un buen sitio es La Viña, que ofrece croquetas de hongo o de jamón, merluza fresca frita, boquerones, canutillos de anchoa y una tarta de queso de morirse. Precio razonable.
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El Río Misterioso y el funicular del monte Igueldo  forman parte de la imaginería aventurera de mi infancia. Aquí puedes montarte en la montaña suiza (no rusa) más pequeña del mundo y probablemente una de las más viejas: tiene más de 80 años, su viaje dura pocos segundos y se asoma en una curva sobre el abismo.
No esperamos al último autobús: somos de pueblo y queremos volver a Getaria. Ese olor, esas gaviotas, ese frufrú azul todo el rato. Es lo que apetece. Vemos un partido de pelota a mano en el frontón. El público no puede ser más severo ni más soso. Pobres cadetes.
Cenamos un bocadillo de jamón de mil bellotas  —regalo de mi madre— y nos bajamos al kiosko de la plaza. Es noche cerrada, huele mucho a Cantábrico y nos de un ataque de risa con unas cervezas y Bob Dylan. El monte cada vez se parece más a un dragón en periodo de hibernación. Para cuando despierte ya nos habremos marchado.
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SANTILLANA DEL MAR. Plus ultra Santander

La aplicación móvil de Alsa nos dice que las únicas plazas de autobús que quedan libres para Santander son las del servicio Supra Plus (diez euros más por cabeza). Rezongamos y compramos. Subimos al autobús como quien mete el pie por primera vez en un hidromasaje. Los ventanales están tintados, tenemos un monitor individual donde se pueden reproducir películas, series  y música. También tiene conexión a internet, nos ofrecen una cerveza nada más llegar y una merienda (café y sobaos pasiegos) a medio viaje. Llegamos a Santander. No queremos bajarnos. ¿Qué darán de merendar en Gijón?
Entramos en razón y nos bajamos. Dejamos la mochila en la consigna de autobuses y paseamos un rato por la bahía.  El autobús de La Cantábrica con destino Santillana del Mar sale en una hora. Estamos aquí para ver Altamira. Manifestaciones prehistóricas de los que nos prec. Dejamos las cosas en una de las muchísimas posadas del pueblo.
Resulta difícil hablar con un vecino o encontrar un ultramarinos donde comprar una barra de pan. Santillana del Mar es una fachada-telón. Un pueblo empaquetado para el turista, listo para consumir. Cenamos en Los Nobles y paseamos. Vemos vacas, caballos, un camping con peregrinos, adoquines, adoquines y un señor que imita a Bertín Osborne en el patio de un restaurante precioso. Regresamos a la posada para disfrutar del jardín. Vemos la Alicia de Tim Burton en nuestra habitación fucsia. Soñamos con gominolas.
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Hemos venido para participar en el sorteo que se celebra cada viernes en el Museo de Altamira. Los visitantes de las nueve y media meten sus nombres en una urna y al terminar la visita (que incluye un rápido repaso a la reproducción de las cuevas y un museo pobre), cinco nombres elegidos al azar acceden a las cuevas originales. El instituto de historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) —que agrupa a casi 70 investigadores— rechaza estas visitas controladas. Dice que ponen en peligro un legado “frágil” y “de suma importancia para la comprensión de la sociedad paleolítica”.
El museo da el mismo valor a una punta de sílex que a la carátula de la película de Los Picapiedra. Yabadabadú. Los niños bostezan. Los adultos tendrán que buscar información complementaria porque los datos son escasos y genéricos. Sorteo. Dicen uno de nuestros nombres (uy) pero el apellido no coincide (buh). Volvemos como hemos venido: caminando. Un paseo de media hora hasta el pueblo refunfuñando sobre proyectos museísticos y jugando a las hipótesis del arte prehistórico.
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Visitamos el claustro de la Colegiata para buscar demonios en los capiteles del claustro, entramos a un museo de juguetes de hojalata, compramos un yoyó y una peonza de madera. Comemos una hamburguesa en El Bisonte Rojo y descubrimos el palacio Peredo-Barrera (apellido del indiano que lo construyó sobre un antiguo edificio gótico) o de Benemejís (apellido de los últimos marqueses que lo disfrutaron). El palacio está restaurado pero cerrado a cal y canto. Es propiedad de la Fundación Caja Cantabria, que también adquirió el inmenso bosque que rodea el palacio y una vivienda aneja que los arquitectos Fernández Abascal, Orruella y Muruzábal convirtieron en sala de exposiciones.
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Tenemos la suerte de encontrarnos con una exposición del fotorreportero Gervasio Sánchez. Honesto, emocionante, jodido, potente.  La entrada (1€) incluye la  visita a la exposición y pasear sin rumbo por el bosque de árboles centenarios, con ruinas incluidas. Hasta hace diez años todo estaba abandonado. Fotografiamos piedras, anillos de árboles, hojas de diferentes perfiles y un ginkgo gigantesco bajo el que Manuel Azaña se tomó al menos una taza de té (una fotografía en blanco y negro lo documenta).
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Como estamos hasta los mismísimos de Tripadvisor y de no ver lugareños, nos tomamos una croqueta en el único bar que no tiene pizarra, ni recomendación, ni oferta. Por fin. Un sitio normal. Compramos sidra natural, un chorizo de ciervo y una barra de pan para cenar en el merendero de piedra del parque. Sombra y a escanciar. Gloria.
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SANTANDER. Botín no nos quiere

El autobús nos deja en Santander. Tenemos todo el día por delante para vagar por la ciudad. ¡Bien! Vamos a consigna para dejar las mochilas. Uh. Está cerrada. Muerte y destrucción.
Entramos a una oficina de turismo. Nos confirman que la consigna está cerrada (gracias) y nos preguntan si hemos probado en la consigna de la estación de tren. Creen que hay una. No están seguros. En realidad sólo están seguros de que quieren entregarnos folletos. Huimos y nos vamos a comer a un italiano. Pizza romana al taglio y gnochi al pesto. Raciones pequeñas, pero caseras y ricas.
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Foto de Tomás Fano.
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Vagamos como caracoles, renunciamos a un paseo en barco por la bahía, dejamos atrás el Centro Botín, que está a medio construir y alineado geográficamente con el Banco de Santander, la puerta de entrada a la ciudad. Todo muy masónico.
Toca un poco de cafeína. Dos cortados y un bizcocho de limón. Hablamos con la chica de la cafetería, que nos da su opinión sobre el Botíncentrismo y la política turístico-cultural santanderina, que es muy digna, muy arcaica y muy poco participativa. Nos guarda el equipaje en un altillo, hasta que volvemos a recogerlo para ir al aeropuerto. Ella es lo mejor que nos ha pasado en Santander.
Tampoco tenemos suerte con una de los dos tiendas de cómics de la ciudad.  Cierra el sábado por la tarde. Concluimos que Santander no nos quiere y nos vamos al aeropuerto Seve Ballesteros con unas latas de anchoas de Santoña, un aguamarina, dos pares de playeras de Mr. Pinnot y un cómic de Miguelanxo Prado (Quotidianía Delirante). ¡Órdago a Ryanair!
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