Las respuestas del Túnel de la Atlántida

Lanzarote es una edición particularmente inédita de un libro épico. Un compendio de historias sobre adaptación y colonización que parecerían ciencia ficción si no fuera porque son geología y biología reales.
Desde mediados del siglo XIX, investigadores de medio mundo estudian el tubo inundado más largo del mundo (1.418 metros), en la costa noreste de la isla.
Planeta Tierra, 15,5 millones de años atrás. Un fragmento de lavas negras surge del océano. Las cumbres de este nuevo territorio emergido se erosionarán con el paso de los milenios y las erupciones transformarán este territorio de malpei llamado Lanzarote.
La isla recibe poca lluvia y sus lavas basálticas son muy porosas, así que el mar se infiltra tierra adentro colándose entre fisuras y grietas, formando masas de agua aisladas del mar (“anquialinas”) con sus propias características ecológicas.
Las últimas dataciones realizadas con carbonatos y microfósiles fechan la erupción del volcán de la Corona hace 22.000 años, durante la última glaciación. Así lo explica el biólogo y experto en fauna submarina Alejandro Martínez, que lleva buena parte de su vida profesional dedicado a estudiar el ecosistema anquialino de Lanzarote, uno de los más particulares del mundo.

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La erupción de la Corona
Cuando el Corona erupcionó, los hielos polares cubrían las islas británicas y el nivel del mar era 100 metros inferior al actual. La lava fluyó hacía el este y llegó 1.600 metros más allá de la línea de costa que hoy siluetea los mapas. El resultado: un túnel subterráneo que acaba en una bóveda de 60 metros de profundidad, una burbuja de roca originada por el brusco choque entre el magma incadescente y el frío oceánico.
La vida prosiguió: aumentaron las temperaturas, los glaciares se fundieron y subió el nivel del mar, que terminó por inundar el tubo. Las paredes se desgastaron con la erosión y el techo se desplomó en varios tramos, abriéndose agujeros (jameos) que lo conectaron con la superficie.
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Sección del tubo volcánico de La Corona, Lanzarote. 

Los del malpaís norteño no son la única forma de asomarse al ecosistema anquialino insular. También están los pozos de las salinas de Los Cocoteros —que antiguamente bombeaban agua del subsuelo— o la poco apetecible charca de Montaña Bermeja.
En 2011, seis universidades participaron en un taller para estudiar los animales microscópicos marinos y anquialinos de Lanzarote. De aquel trabajo de campo surgieron 500 nuevas citas para Canarias, “muchas de ellas nuevas especies” (38 son endemismos: el tubo volcánico de La Corona es la única parte del mundo donde pueden encontrarse).
Las más interesantes se publicarán en un número especial de la revista Marine Biodiversity en 2017. Con fondos del Cabildo de Lanzarote (Medio Ambiente y Oficina de la Reserva de la Biosfera) también se está preparando una guía didáctica sobre la fauna de este particular hábitat.
Estudiar la evolución
¿Por qué es importante proteger y comprender esta fauna cavernícola? “Porque estas cuevas son laboratorios biológicos, fundamentales para el estudio de la evolución”, responde Alejandro. Los científicos estudian la colonización, supervivencia y adaptación de estas singulares especies invertebradas (gusanos, crustáceos, anélidos, políquetos) para poder extrapolar sus resultados al resto de criaturas de la biosfera.
A 750 metros del túnel de la Atlántida, en una zona de pocas corrientes, se levanta una montaña de jable. Es un ‘reloj de arena’ de 20 metros de altura que ha ido creciendo “grano a grano”, alimentado a través de un pequeño orificio de la superficie que todavía no se ha localizado.
Entre estos sedimentos viven las mismas especies que podemos encontrar en cualquier otra acumulación de jable submarina de la isla. Sin embargo, en la columna de agua del túnel flotan especies únicas. Son especialistas en su medio, sólo ellas son capaces de vivir en un lugar con esta estratificación y composición química.
Para sobrevivir, estos invertebrados tuvieron que modificar profundamente su morfología. Sus organismos se adaptaron: achicaron ojos (o se eliminaron), se desprendieron de pigmentos innecesarios o desarrollaron quillas o aletas para mejorar la flotabilidad.
“Este descubrimiento supone un cambio en las teorías de origen y evolución de los ecosistemas anquilinos”, dice el especialista. Son insólitos porque su hábitat es insólito, “no porque estén aislados”, como se creía. No son fósiles vivientes, ni provienen de las profundidades del mar. Para descartar hipótesis compararon muestras con las recogidas por el Alvin, el robot estadounidense especialista en explorar fosas marinas.
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El icónico Munidopsis polymorpha (jameíto) fotografiado por Juan Valenciano. 

El famoso jameíto (Munidopsis polymorpha) fue la segunda especie cavernícola descrita. Lo hizo en 1892 Karl Koebel. En 1921 investigó aquí el alemán Harms y, en los años 30, los franceses Fage y Monod, que ya esbozaron un modelo para la ecología de la laguna de los Jameos.
En los 70 llegó (para quedarse) “uno de los mayores divulgadores de la biología de la cueva”, el profesor Horst Wilkens, de la Universidad de Hamburgo, junto a Ulrike Strecker y Jakob Parzefall. La investigación sistemática del túnel no empezó hasta 1980, cuando se desarrollaron las técnicas de espeleobuceo. “El descubrimiento de cada vez más especies únicas, y sobre todo de remípedos, relegó la geología inevitablemente a un segundo plano”.
A Thomas Iliffe y su equipo de la Texas A&M University “le debemos el descubrimiento de seres increíbles” (los remípedos Speleonectes ondinae y Speleonectes atlantida, o el termosbaenáceo Halosbaena fortunata) y la elaboración de la cartografía más detallada que existe sobre el túnel de la Atlántida. La zona también ha sido estudiada por el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, el equipo de Al Filo de lo Imposible y la Universidad de La Laguna.
6 nuevas especies para ser descritas
En 2009, publicaciones científicas y prensa generalista dieron a conocer el hallazgo de nuevas especies: un pequeño crustáceo remípedo y dos gusanos anélidos. “Ahora mismo tenemos, al menos, 6 nuevas especies para ser descritas”, dice Alejandro.
Y es que el tubo volcánico de La Corona es la segunda cueva anquialina con mayor número de especies (133), sólo por detrás de las kilométricas Bermudas. “En Lanzarote, en muy poca superficie, la condensación es bestial”.
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Prionospio n.sp, una nueva especie de Lanzarote, de linaje cavernícola, en proceso de descripción. 

Todavía quedan muchas respuestas que encontrar. Hay que averiguar cómo se renueva el carbono —el componente fundamental de todos los tejidos vivos— en el túnel. En cuevas del Yucatán (México) es tarea de los microbios y lo hacen mediante quimiosíntesis, igual que en el mar profundo. Pero en las cuevas de Lanzarote no hay presencia bacteriana y Alejandro sospecha que las partículas de materia orgánica son arrastradas por las mareas o por el suelo, mediante lluvia y filtración.
Se está intentando organizar una expedición para llegar al final del túnel de la Atlántida, un área al que sólo ha tenido acceso una persona.
También se trabaja “para entender mejor la distribución de las poblaciones de jameíto y asegurar su conservación” y, al mismo tiempo, estudiar la edad y formación de los carbonatos que se han encontrado en costras precipitadas a lo largo del túnel.
Con esos datos se podría hacer “un calendario bastante detallado de los cambios del nivel del mar”, una valiosa herramienta para entender la evolución del clima de los últimos 22.000 años.
El tubo volcánico de La Corona es la segunda cueva anquialina con mayor número de especies (133), sólo por detrás de las kilométricas Bermudas.
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