Diario de un explorador del universo

El 14 de mayo de 2013, Roman Romanenko aterrizó en una remota región de Kazajistán a bordo de la cápsula rusa Soyuz. Había pasado 5 meses trabajando en la Estación Espacial Internacional, un centro de investigación situado a unos 400 kilómetros sobre nuestras cabezas, en la órbita terrestre.
Pero, ¿cómo es realmente un viaje espacial? ¿Qué sensaciones genera?
“Diez minutos después de la ignición, la nave entra en el espacio exterior”, explica el cosmonauta al público de la quinta edición del festival Starmus, 1.000 personas que llenan el auditorio de la Pirámide de Arona (Tenerife).
“Comprobamos que todo esté en funcionamiento y sellado. Lo demás es automático. Los astronautas están para encargarse de la nave en caso de emergencia”, recuerda.

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La Soyuz alcanza una velocidad de 8 km/s que es necesario reducir cuando pone rumbo a la Tierra.  Tras el frenazo, entra en la atmósfera y se incendia. Se pierde la comunicación con la Tierra. Los comandantes no pueden ver el espectáculo flamígero desde sus asientos, pero sí el resto de los astronautas.
La temperatura exterior es de 2.000 ºC y la sensación es de que “todo ese calor va a entrar en la nave”.
La cápsula pesa 3 toneladas, así que si no te has puesto bien el cinturón cuando el paracaídas (1 km2 de superficie) se abre, el golpe puede ser para no contarlo.
Durante el viaje, los astronautas tienen sienten que se les va a romper toda la columna vertebral, que se les va a caer hecha pedazos en la silla.
“En ese momento es mejor no hablar. Si no, te arriesgas a perder los dientes”.
El regreso es una sucesión de sensaciones bastantes desagradables hasta que, por fin, llega la más desagradable de todas “y a la vez, la mejor”:  cuando la nave toca la Tierra.
“Estamos de vuelta en casa. Es doloroso… ¡pero estamos tan contentos de estar de vuelta!”, explica Roman.
¿Qué es lo mejor? “Lo más hermoso del viaje es ver nuestro planeta sin ninguna frontera”.

“Lo más hermoso del viaje es ver nuestro planeta sin ninguna frontera”.

Los mecánicos del Hubble

La tripulación del Apolo IX fue la primera en llevarse un walkman al espacio. Eso permitió al astrofísico Rusty Schweickart sentir, más que nunca, el poder  evocador de la música.
Cuando llevaba 9 días de vuelo, busco una cinta con una de sus piezas de música clásica preferidas y apretó el play.
El shock fue inmediato: “Me llevó de vuelta a casa, a los niños durmiendo, a mi cuarto de estar. Me conectó con la vida en la tierra de forma tan potente que tuve que quitarla, porque si no, no podía funcionar, no podía trabajar”.

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Y Rusty no podía permitirse fallos. Aquella era la primera misión espacial de servicio al telescopio Hubble, que sólo tres años después de ponerse en funcionamiento había empezado a tener problemas de óptica y a mandar imágenes borrosas. “Había que arreglarlo”. 
Tuvieron “mucha presión” durante la fase de preparación y los ópticos hicieron un trabajo extraordinario preparando lentes correctoras que solucionasen las 2 micras de desviación que tenía el aparato. “Fue un privilegio trabajar en estas máquinas de descubrimiento”, concluye Rusty.

“Te sientes minúsculo”

Sergey Volkov acaba de volver al planeta Tierra. Hace escasos 3 meses que aterrizó después de estar medio año en la Estación Espacial Internacional preparando una misión a Marte. La mayoría del equipo ha vivido 6 meses allá arriba, pero otros han cumplido ya 1 año completo: un hito de estancia espacial.
“Es algo nuevo y hay que analizarlo cómo afecta al cuerpo humano. Por eso participamos en los experimentos de forma voluntaria porque sabemos que es muy útil, no somos conejillos de indias”, explica.
La estación tiene el tamaño de dos aviones boing 747: 100 metros de recorrido inicial y una encrucijada donde puedes ir a la izquierda, a la derecha, arriba o abajo.  Está literalmente llena de equipamiento científico de 15 países que hace 15 años se pusieron de acuerdo para construirla. Un ejemplo de cooperación internacional.

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“Mi primer paseo espacial no estaba programado”, cuenta Sergey. Durante el trabajo de reparación, “estás demasiado ocupado pensando en hacerlo bien, en si va a funcionar, en que es algo peligroso…  estás muy concentrado”. Minutos después, “cuando vuelves y cierras la compuerta, te das cuenta de lo que ha sido”.
Lo primero que hizo al volver fue llamar a Alexei Leonov, “un héroe, el primero que pasó 15 minutos en un vehículo ahí fuera”. Sergey sabía que él le entendería perfectamente, aunque hubiesen pasado 35 años. Alexei, en el centro de las butacas de los conferenciantes, sonríe y el auditorio vuelve a aplaudir al pionero, que ha sido el primero en intervenir para dejar claro la importancia de que exista un festival como Starmus.
“En cuanto el cohete despega, te sientes minúsculo: tienes una enorme responsabilidad y muchísima gente que depende de ti. Sus experimentos tienen que volver: no pueden arruinarse años de esfuerzo porque tú cometas un error”, dice Sergey.

“Los experimentos tienen que volver: no pueden arruinarse años de esfuerzo porque tú cometas un error”

Una “edad dorada” de la ingeniería aeroespacial 

El primer vuelo del ingeniero Garrett Reisman fue en 2008, a bordo del transbordador Endeavour, que lo llevó hasta la Estación Espacial Internacional, donde permaneció 95 días. Regresó a casa en el Discovery y todavía volvería una vez más, está vez en el transbordador Atlantis.
“Me emociona mucho el tiempo que vivimos: estamos al borde de una nueva era dorada de los viajes espaciales”, dice. Un nuevo paradigma sostenido por “muchas empresas privadas estadounidenses”. Una de ellas, la suya.
“Aún no sabemos cual es el diseño más eficiente de una nave espacial”, ni cómo reutilizar los cohetes de la fase 1 que caen irremisiblemente al mar cuando se desprenden de la cápsula donde viajan los astronautas. Probaron a salvar combustible para que esa parte pudiera hacer un vuelo de vuelta.
No funcionó ni a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera vez. Pero el enésimo intento fue “un éxito” y acaba de producirse: en abril de 2016 consiguieron el primer aterrizaje vertical; el Falcon 9 de la empresa Space X se posó en una plataforma flotante en medio del océano.

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