No me salen los números

Los 567.984 rizos de una toalla, el código de color de un bikini, la probabilidad de melanoma escrita en los lunares de tu espalda…
La hija de puta podía descomponer la realidad en números. Y lo hacía todo el rato, con la misma naturalidad con la que se crujía las articulaciones.
Así nos conocimos.
Era un jueves tonto, en un bar de vasos rayados y trapos húmedos.
— Hola, un gintonic.
— ¿Sabes que eso son, así a lo tonto, 98 kilocalorías y un centenar de neurocontectores muertos de golpe, no?
Lo dejó claro desde el principio. Sabía contar. Contar con mayúscula. Sabía lo cerca que estábamos del principio y lo mal que lo íbamos a pasar hacia el final.
La empecé a ver cada semana y acabé buscándola cada fin de semana, hasta que decidimos sumar nuestro par de constantes las 24 horas del día.
Después de 36 años de sumatorio, se fue ayer con la cabeza reventada de ecuaciones y dejando un montón de ceros a la derecha.

 

Anuncios