La historia enterrada

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En octubre de 2016 se cumplieron 80 años del asesinato del periodista lanzaroteño Manuel Fernández, presidente de la primera Sociedad Obrera de la isla. Acusado de menosprecio a la patria, fue apaleado hasta la muerte en el campo de concentración de La Isleta (Gran Canaria). Como él, 1.200 canarios murieron o desaparecieron durante el golpe militar contra la II República.

Manuel (Arrecife, 1881) perteneció a la reducida élite empresarial y política que editó los primeros medios de comunicación en Lanzarote. No había cumplido 18 años y ya firmaba como director del Cronista de Arrecife. En 1902 constituyó la Sociedad Obrera de la capital lanzaroteña y durante apenas siete meses dirigió el periódico de aquel incipiente movimiento sindical. Se llamaba El Proletario y tuvo que cerrar, incapaz de pagar las numerosas multas que despachaba la autoridad municipal.

M.H (así firmaba alguna de sus columnas) era anticlerical, antimonárquico y contrario a los caciques. Estaba a favor de la emancipación femenina, trabajó para conseguir la alfabetización gratuita para los obreros e hizo campaña contra los juegos de azar y las apuestas, porque creía que contribuían al endeudamiento y la corrupción de las clases populares. Insistía en la necesidad de escolarizar a los niños y consideraba el trabajo “fundamental para el desarrollo del ser humano”.

“Quería conseguir que la gente entendiese la tragedia que se vivía en Lanzarote”, explica Jaime Balaguer, familiar de Manuel. “Un pedazo olvidado de España”, un sitio desatendido por las autoridades, habitado por gente que en algunos casos moría de sed. Así describía su tierra. Agustín de la Hoz le definió como “el eterno pesimista”.

Fernández también era un asiduo colaborador del semanario satírico El Motín. Cuando el director de esta publicación madrileña, José Nakens, fue detenido por cobijar al anarquista Mateo Morral tras intentar matar a Alfonso XIII con un ramo-bomba, el redactor conejero hizo campaña por su libertad.

En 1936, ya con un papel mucho menos relevante en la sociedad lanzaroteña, fue detenido en Arrecife por llevar unas cuartillas “que censuraban al general Sanjurjo”. Fue trasladado a Las Palmas, ingresó en el campo de La Isleta y falleció a consecuencia de la “brutal” paliza que le propinaron tres cabos de vara.

Retrato de Manuel Fernández. Foto: Colección de Antonio Montelongo.

“Un campo de exterminio improvisado”

El historiador Sergio Millares cita los testimonios de dos testigos directos del asesinato: Antonio Junco Toral, diputado socialista por Las Palmas (también preso en los campos de Gando y de La Isleta) y Francisco García, primer presidente socialista del Cabildo de Gran Canaria. Ambos recuerdan a Manuel como un hombre grueso, de baja estatura, que llegó a prisión muy amedrentado. Tenía 54 años. Lo golpearon “con saña” y le hicieron ingerir un líquido negro. “Lo llamaron para ponerle firme en la alambrada y que le hiciera efecto la purga”, lee Millares. Murió torturado. Cuando su familia se enteró, pidió información a las autoridades y éstas enviaron un telegrama con la causa oficial de la muerte: síncope cardíaco.

“El campo de La Isleta fue un campo de horror, de tortura, de exterminio improvisado”, define Millares. Las palizas y la brutalidad eran prácticas habituales, más si cabe en el clima político de aquel otoño de 1936. Los sublevados franquistas estaban a punto de conquistar Madrid y se desencadenó una oleada de crímenes: era tiempo de “hacer méritos matando rojos”.

El historiador Juan Medina Sanabria cifra en 1.200 las personas asesinadas o desaparecidas en Canarias por manifestarse en contra del golpe militar o por simpatizar con partidos de la izquierda política. Más de 20.000 habrían pasado por cárceles o campos de concentración entre 1936 y 1950.

Los 176 sospechosos de Lanzarote

Poco antes de las navidades de 1936, el régimen franquista solicitó un listado de lanzaroteños contrarios al movimiento nacional. Las autoridades prepararon un acta con los nombres de 176 vecinos que, según sus informaciones, defendían ideas contrarias a los alzados. Todos pasaron por los campos de concentración de Gran Canaria, dice Medina Sanabria. Según la correspondencia oficial de la Delegación del Gobierno en Lanzarote, conservada en el Archivo de Arrecife, en Lanzarote fueron detenidas 73 personas.

Poco antes de las navidades de 1936, la dictadura franquista solicitó un listado de lanzaroteños contrarios al movimiento nacional. El acta incluyó a 176 vecinos

El jornalero Domingo Abreu, natural de Arrecife, fue detenido dos veces. La segunda, en 1937, “por no incorporarse a filas”. Tras salir de prisión fue dado por desaparecido. Fue arrojado a los pozos de Arucas. Francisco Martín, también jornalero, nació en Yaiza pero residía en Guanarteme. Desapareció después de una “detención gubernativa”. El arrecifeño Lázaro Fuentes era maquinista naval y tenía 50 años cuando desapareció en La Isleta. Sus delitos: ser anarquista, miembro de la CNT y masón. José Juan González, de Tías, era jornalero y además directivo del PSOE. Tenía 35 años cuando desapareció. Cipriano de León, también lanzaroteño pero residente en Las Palmas, trabajaba de camarero cuando su esposa denunció su desaparición en julio de 1937. Fue arrojado al mar cuatro días después. De Santiago Pena se sabe que era funcionario, afiliado al PSOE y nacido en Arrecife. También desapareció.

Diecinueve vecinos de Haría fueron detenidos y trasladados al campo de concentración de La Isleta. ¿Razones? Tenencia ilícita de armas, pertenencia a sindicato agrícola, relación con el Frente Popular y exhibición de insignias contrarias al régimen (como la corbata roja con la hoz y el martillo por la que detuvieron a Zenón Pérez en Haría). También era motivo de arresto tener libros contrarios al franquismo, ser socio de la Casa del Pueblo o hacer “manifestaciones tendenciosas” (exclamar “¿para qué tanta cebolla?” cuando se retiraba una partida de cebollas para el Ejército).

El arrecifeño Luis Fajardo Ferrer, alcalde de Las Palmas, fue condenado a 12 años y un día de prisión. Juan Doreste, natural de Guatiza, maestro y alcalde de Arucas por el Frente Popular, fue destituido por la fuerza después del alzamiento militar, encarcelado y condenado a muerte. Le conmutaron la pena por 30 años de cárcel. Antonio González, del municipio de Teguise, pasó ocho meses en el campo de concentración acusado de desobediencia grave. Al arrecifeño Guillermo Ortega se le procesó por rebelión, igual que a Ramón Robayna. Mamerto Rodríguez, de Tías, ingresó en el campo de concentración de La Isleta “por apedrear a unos falangistas” y a Laura Reyes la detuvieron por tratar de “demonios” a los miembros del Movimiento Nacional.

Maestros depurados y marineros huidos

Después del 18 de julio, se colgaron crucifijos en las aulas y se impuso una pedagogía autoritaria en las escuelas. Se empezaron a controlar todos los órdenes de la vida ciudadana con registros constantes. “La represión ejercida en Lanzarote fue severa”, dicen José Alcaraz, Luis Alberto Anaya, Sergio Millares y Alexis Orihuela, autores de La represión política en Lanzarote y Fuerteventura durante la Guerra Civil.

La cuarta parte de los maestros que ejercían en la isla fueron depurados, lo que significó pérdidas de empleo y traslados forzosos. La maestra de Tahíche Josefa León fue denunciada por haber participado en una excursión a las salinas del Janubio donde se cantó el himno de Riego y el Libertario, pero los padres de sus alumnos solicitaron su readmisión.

Carmen Toledo fue suspendida de empleo y sueldo por pertenecer a la UGT. Manuel Páez, presidente de la Casa del Pueblo de Haría, fue destituido “por inculcar el marxismo en la escuela”; huyó a Francia, fue detenido y trasladado al campo de concentración de Costa Sur (Tenerife). Las últimas noticias que la dictadura tuvo de él fue que había sido liberado y se encontraba en un campo de refugiados francés.

El marinero Antonio Torres, de Arrecife, desertó del vapor Lolita en Port-Etienne. Fue detenido al acabar la guerra y trasladado a Las Palmas para ser juzgado por deserción. Lo mismo le ocurrió a Nicolás Tavío, de Yaiza, que fue detenido en zona republicana y procesado. Pedro Noda, también de Arrecife, falleció en el campo de exterminio de Mauthausen donde había sido internado por los nazis. Igual suerte corrió Cedrés Arrocha que murió en el mismo campo, en noviembre de 1941.

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