La Bolitas

Hemos salido de casa a las nueve y media. Un taxi híbrido a la par que desbocado nos ha hecho dar un brinco y correr hasta una mediana decorada con flores de pascua un poco chuchurrías.

Estamos en Arrecife, la capital de la isla de Lanzarote, a 130 kilómetros de la costa de Marruecos. Un lugar que fue puerto antes que ciudad. Aquí viven unos 59.000 habitantes de casi un centenar de nacionalidades.

El parque Islas Canarias es espectacular, indignante y depresor. Una abubilla picotea la hierba amarillenta. Sólo unos pocos peldaños de piedra nos separan de la bahía. Hay un perro jugando en una mata de caña limón. Hay palmeras y otros árboles de corteza lisa y blanca, de apariencia tropical, casi todos achaparrados. Hay losetas apiladas. El suelo es una sopa de tablones rotos. Caminar sin mirar hacia abajo es una actividad de alto riesgo, no solo por los clavos, los cristales y las catapultas; también por el variado repertorio de cacas que salpican el terreno. La mierda va del formato perdigón al zurruto elefantino pasando por el estilo longaniza y la terrible mascletá.

Hoy precisamente, una señora con el pelo cortado como Cleopatra le ha recriminado a otra que no recogiese la boñiga de su perro. La mujer, chata y blancuzca como su compañero canino, le ha respondido sin mirarla que sólo son “bolitas” que sirven de abono para la tierra. Su interlocutora no se ha quedado conforme y ha insistido. La señora del perro albino, en un inaudito giro conversacional, se ha interesado por su procedencia: “¿Y tú de dónde eres, mi niña?”. Encrespado ya el encuentro y desvelado el origen peninsular de la chica de melena egipcia, la paseante perruna ha zanjado la conversación: “¿Y tú vas a venir de fuera a decirme lo que tengo que hacer yo en mi tierra?”.

Desde hoy la llamaremos La Bolitas.

 

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La Bolitas.

Arrecife, lunes 15 de enero de 2018.

 

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