Viernes santo subtropical

Guiris en fila entrando en la ciudad muerta. Cogen un mapa y se lanzan a un caminar despreocupado y gregario. Oh, un charco con barquitos. Selfie. Selfie.

Postura de modelo. Olor a cuero. Viento. Un cielo blanco convirtiéndose poco a poco en azul. Un día para jugar a Vacaciones en el mar.

Gente mayor volviendo de la iglesia. Los domingos —ya sean santos, de crucero o muy  normales— Arrecife huele a zombi y a melancolía. ¿Dónde está la gente? No sé, en mi edificio hay vida conocida: el saxofonista italiano del cuarto, la chica del gato, mi cuñada, la señora que pasó media vida en Venezuela… ¿Dónde anda la gente de las casas apagadas?

La ciudad tiene pulso porque hoy llegan turistas al Puerto de los Mármoles. Taxistas yendo y viniendo. Un trenecito rojo dando vueltas por la marina deshabitada.

Los viejitos no fallan al dominó y se echan unos gritos en el muellito de la Pescadería. La desconchada y abandonada casa de la Puntilla se alquila. El cartel sugiere que todos sus metros cuadrados son ideales para un restaurante o un comercio. Llevaba al menos quince años llorando trocitos de cal.

Además de la católica, de camino al barrio de Los Geranios me cruzo dos iglesias que no sé si son evangélicas o apocalípticas. Se hace habitual ver en la calle parejas vendiendo su fe, rígidas y sonrientes, junto a un cartel. Ellos, camisa y orden. Ellas, falda por debajo de las rodillas y bondad. Muy Utah todo. Ay El Cuento de la criada.

Los alisios han vestido la mañana como para ir a la boda de un legionario con la muerte. Me cuesta mover mi bici de hierro sin marchas. Soy una Homo Sedentaris. Pie al suelo en la cuesta. El carril bici se interrumpe con bordillos.

En el barrio de Valterra hay un hombre echando pan a unas palomas, junto a un colchón de espuma vista y unas mantas. Más arriba, otro organiza las cosas que ha encontrado en la basura. Gente limpiando el coche en la gasolinera, un par de perros ansiosos, un motorista tomándose una cerveza antes de las doce. Gente alrededor de un tanatorio, con los brazos cruzados y el distanciamiento propio del que sólo tiene, tenía, el muerto en común.

 

 

 

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