God save Kingston! (I)

Yamesobo y Kitopongo se van a Inglaterra en agosto. Se confirma su locura. Viajan con Easyjet y Jet2 para driblar la huelga de Ryanair.

Tres detallitos de nada que siempre contempla ella antes de subir al avión:

  1. Ha construido un mapa con Google Maps donde señala alojamientos, parques botánicos, exposiciones, pubs donde comer… Llevar una guía casera con información útil le permite no hacerle ningún caso.
  2. Ahora que no hay roaming que valga, cuesta lo mismo navegar por internet en Argana Alta que en Whitechapel así que se instala la aplicación City Mapper para llegar a tiempo a los pocos sitios a los que debe llegar a tiempo.
  3. Pasaporte, DNI, cartera, libro y un cien por cien de seguridad de que van a morirse antes de ver todos los lugares que quieren ver. Ya está. Llevan consigo lo fundamental. Todo bien comprimido en dos mochilas: una Altus azul y una que hace apología de Lucky Strike y que les regaló el padre de Kitopongo, fumador empedernido .
Alojamiento en Londrés en agosto. ¿Cucú?

Huyendo de apartamentos en el centro que cuestan lo que no valen, Yakisobo y Kitopongo descubren en Airbnb una cabañita de madera que una señora ha construido en el jardín trasero de su casa victoriana. Es un estudio muy pequeño donde podrían escribir una saga sobre elfos científicos y descubrir de qué están hechos los agujeros negros. El refugio está en Kingston Upon Thames, a 18 kilómetros de Londres.

Además de Yossi y su perro salchicha Cooper, les reciben una rana de ocho centímetros, una ardilla equilibrista, una babosa y una bandada de pájaros verdes de aspecto tropical que juegan entre las ramas de un manzano y un roble grande y viejo.

Blancanieves hubiera querido una como esta.

Alegrías mañaneras.

La cama endereza las espaldas con peor higiene postural del occidente capitalista. Tienen una cafetera Nespresso que calma la adicción a la cafeína de Kitopongo y una nevera con agua y leche donde no puede faltar agua fresca para Yamesobo. La cabeza de un ciervo de fieltro les mira desde la pared. Molaría que en sus ojos de canica hubiera una cámara escondida, piensa Yamesobo.

La estación de tren Norbiton está a dos minutos de paseo a pie. Tardan sólo media hora en llegar a Waterloo, sin transbordos, con ese mecer tan bonito que tienen los cercanías fuera de hora punta (y con una tarjeta Oyster azul para la zona 5 rellenita con 60 libras de Pay as you go). El alojamiento cuesta 70 euros la noche, además de los 25 que se agencia Airbnb por ser Airbnb.

Dormir fuera del centro deja de ser un posible inconveniente y se convierte en una sorprendente maravilla. Después de ocho o diez horas caminando por una megalópolis, sus cuerpos de barrio disfrutan del chucuchú del vagón y de la humedad voluptuosa con la que les recibe el jardín de casa. Yamesobo es feliz quitándose las playeras rojas y frotándose los pies contra las sábanas. Kitopongo es feliz pensando en el próximo desayuno.

¿Pero hay cosas qué ver en Kingston?

“Claaaaaaaro. No seas urraca, no hagas acopio de lugares llenos de turistas. Piérdete un rato y fíjate en el discurrir de la vida”, nos dice Kitopongo, que a veces parece el puto Paulo Coelho. La máxima de Yamesobo es “si no he estado, me apunto; algo habrá que ver”. Ella necesita tocar rocas y oler hierba. Él tiene el don de desarrollar pensamientos complejos frente a una pared, siempre y cuando viaje una vez al año para vitaminar su cerebro.

El caso es que Kingston es un buen sitio para los dos. Su centro histórico es pequeño, tamaño humano.

  • The Riverside: el paseo alrededor del Támesis. Hay barcas de transporte público que alcanzan los muelles de Richmond y otras que se mecen en el agua marrón, decoradas con duendes, luces verdes y locos abalorios. Indecisos por la conversión de divisas y por unos estómagos a régimen de sandwich todo el día, Yamesobo y Kitopongo se zampan dos rollitos (cordero/pollo) y una ensalada de col en el Comptoir Libanais (8,50 £ cada wrap, 1,95 £ el agua de Yamesobo y 2,95 £ una limonada casera con sirope de rosa para Kitopongo, que no puede mezclar antibiótico y alcohol… todavía). A lo largo del paseo hay chavales bebiendo cerveza de lata, adolescentes haciéndose fotos en un columpio floreado y chicas aseñoreadas bebiendo vino espumoso en terrazas caras.

El Támesis culebreando por Kingston.

La típica inseguridad de Yamesobo, fan del solomillo, cuando se sienta en un libanés.

  • Market Place. Fruta, verdura, encurtidos, dulces, panes caseros… Un escaparate de rutina fresca que es imposible de encontrar en Londres a no ser que esperes a los mercados agrícolas del fin de semana. Compran mandarinas. Kitopongo revienta un gajo con un premolar y se le llena el moflete de zumo. Mira los edificios de estilo tudor reconvertidos en comercios. Unas niñas juegan en bañador con unos chorros de agua que brotan del suelo. Las observa con el hipotálamo confundido mientras se cierra un poco más la chaqueta. Kitopongo se zampa un sabroso y enorme arroz con pollo del Phoreal, un puesto de comida vietnamita y Yamesobo se refugia en una hamburguesa yuxtapuesta que no triunfa.

Market Place.

Phoreal 1 – Burger 0

  • El anticuario de Old London Road. Dos horas mirando botones eduardianos, flexos, chaquetas de tweed, ediciones antiguas de Alicia en el País de las Maravillas, cajas de metal, maletas y máquinas de escribir. ¿Aprender historia a través de los objetos de uso común? Yamesobo está en su salsa. Kitopongo suma la tienda de antigüedades a su lista de proyectos hermosos y de ninguna manera rentables.
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“Pónganme medio kilo de Olivettis y tres cuartos de Remington, por favor”.

  • Fish Kitchen! “En el fish and chip de la esquina de Coombe Rd. compran a diario pescado fresco a los pescadores de la zona”, les dice Yossi. El jugoso bacalao que asoma debajo del rebozado que va a comerse Kitopongo le da toda la razón. Va con patatas caseras y salsas al gusto, en una ración digna de harrijasotzaile. Yamesobo se dedica con conciencia a los tubérculos fritos.

Hoy toca “take away” porque la ‘monstruación’ aprieta.

  • Parque Richmond. Nuestros despistados viajeros pasan junto a iglesias que tienen puertas de cristal y letreros de centro comercial. Hay mucha creatividad aplicada para que el mensaje divino llegue a los usuarios. “La vida es frágil, Dios no”, dice un cartel. La Corona, el otro poder medieval, también está por todas partes. Aquí mismo, entre nenúfares, bojs y helechos, en el parque real Richmond, el más grande de todo el país y también el parque urbano más grande de Europa y una reserva natural. Aquí sus majestades se dedicaban a cazar fieras acorraladas, pero desde hace unas centurias han tenido la delicadeza de ceder su uso a toda la ciudadanía. Reverencia, reverencia, genuflexión, ¡what a detalle!

Flipando.

Isabella Plantation, el pequeño jardín botánico del Parque Richmond.

Por la calle, de vuelta a casa, un hombre pregunta a Yamesobo y Kitopongo si el agua del grifo es potable.

“Well, don´t know… we have, has, have bought a bottle of still water…”, farfulla Kitopongo. “Amh, ¿cómo se dice “por si acaso” en inglés? Mierda”.

¿Qué generalidades han aprendido hoy Yamesobo y Kitopongo? 
  1. No se puede convertir las libras en euros y los euros en pesetas. Úlcera segura. Ahorra para ir a Inglaterra. Ve, piensa que estas en otro planeta gastronómico y disfruta.
  2. En los sitios pequeños se vive mejor y se come menos de pie.
  3. Se come, más o menos, de 13:00 a 15:00 y se cena de 18:00 a 21:00. No vayas con horario de español noctámbulo.
  4. Cuando los ingleses vuelven a casa lo hacen en silencio. Incluso los niños. ¿Será flema británica o depresión postvacacional? Yamesobo y Kitopongo dudan. El piloto de Easyjet les da una rocambolesca bienvenida: “Esperemos que hayan disfrutado de su luna de miel y de sus vacaciones en Lanzarote. Bienvenidos a Londres”.

 

 

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