La vida en el parque

El pibe que ignora a su pastor alemán para no recoger el zigurat de mierda que deja sobre la hierba. El mar ejerciendo de botafumeiro de algas. La mujer sentada frente a los pantalanes, que se golpea el pecho y la cabeza con ritmo de liturgia psicológica.

Las barquillas teledirigidas del Rabo del Ciclón compitiendo entre los islotes. Las canoas de los Marlines entrenando Charco arriba, puente abajo. Los turistas de secano, fascinados con las aguas cristalinas del muelle de la Pescadería. El alemán bañándose en la playa del Castillo.

La estampa increíble de Arrecife. Un Atlántico colándose por las rendijas de la ciudad. Un océano alimentando a esas criaturas que viven a mitad de camino entre los charcos y la tierra firme, a los buscadores de carnada, a los que otean el sentido de la vida.

El hombre que duerme en el banco de la plaza, que no sé qué come, qué bebe, qué hace. El perro que no alcanza a ser Sapiens pero entiende trescientas palabras humanas, concentrándose en conseguir lo fundamental: comida, calor y juego.

La boina de contaminación de la central de Las Caletas y de los dos todoterrenos familiares. El mejor sitio del mundo para vivir junto al mar. El peor sitio del mundo para sufrir a los que practican la corrupción y un desarrollismo capitalista, miope, chungo y destructor.

Jugar a identificar el alcohol que contenían los cristales de colores, los que convierten la arena en el loft de un faquir. Tener pesadillas con Urbaser, una empresa que sigue ganando concursos públicos de limpieza municipal a pesar de que está implicada en casos de corrupción, contrata al personal justo y les paga lo mínimo.

Esperar a que llueva. Gritar “au, au, auuuuuu” desde el balcón cuando la nube revienta por fin, ras, en mollizna o en cortina de agua vertical.

Esperar otro poquito más a que el sol salga otra vez y alumbre las gotas y las cosas resbaladizas y la hierba amarilla. Aprender, gracias al pianista James Rhodes que eso que huele a tierra húmeda y a casa primigenia se llama petricor.

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