Lagrimeo modernista

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Por la callejuela del Bufadero corre el viento descalzo. Huele a ajos de mediodía y a mar sublevado. Mirando hacia el muelle, aguanta la primera vivienda modernista de Lanzarote.
No hay otra igual. Se levantó en Caleta de Famara a principios de siglo XX, por orden de Luis Ramírez, un caballero nacido en el municipio de San Bartolomé, tan viajado como rico, y que decidió plasmar la moda arquitectónica de la época en el funcional, marinero, casi inexistente frente marítimo de La Caleta. Un estilo tamizado por su gusto y sus caprichos. Hoy, sus pulpos, burbujas y delfines se desdibujan por la erosión y la falta de intervención.
En 1935, donó el edificio a la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, en Teguise. Desde entonces es propiedad de la Diócesis de Canarias.
En el momento de su construcción, la playa estaba virgen de edificios. Además de las voluptuosas formas curvilíneas del art noveau, tan juguetonas y tan flexibles, lo que más llama la atención de quien se detenga a mirarla es la decoración de su fachada curva. Con paciencia, gafas de sol y un zoom adecuado, se distingue un pulpo de sólo cuatro tentáculos en el paramento de la planta baja.
Sobre el balcón del segundo piso continúa el relato marino, protagonizado esta vez por un delfín y decoraciones circulares que a la retina le parecen burbujas. En el centro figuran las iniciales del creador de la obra (una L y una R entrelazadas), y rematando la abundante decoración, una gran concha que acoge ocho caracolas.
No podemos apreciar su interior, pero debió de haber un ropero empotrado también continuador de la estética modernista, tan urbana, funcional, renovadora y amiga de lo agradable. Absolutamente inspirada y deudora de la Naturaleza. En este caso, con su particular toque ‘caletero’.
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Con paciencia, gafas de sol y un zoom adecuado, se distingue un pulpo de sólo cuatro tentáculos en el paramento de la planta baja.
La galería del interior es una techumbre adintelada de madera, una cubierta extraña en la isla; tanto que se repite únicamente en un edificio más.
El modernismo y el eclecticismo fueron las dos corrientes artísticas que interrumpieron, por primera vez, la arquitectura tradicional lanzaroteña. Fueron un aire de fuera. Un contagio de las formas y los sentires de la Península y de Europa, traído a la isla por la clase más acomodada, que tenía posibilidad de invertir, hacer maletas y conocer. Andrés Barral, maestro de obras del Muelle Grande de Arrecife, fue otro de los introductores de este estilo en Lanzarote.
La casa de los pulpos sigue mirando hacia el Norte, rodeada de chinijos que se bañan siempre demasiado adentro y de padres que vigilan la traicionera corriente de este litoral. A su lado, un hombre raspa la pared de una de las casitas que comparte una de las primeras líneas más privilegiadas de las costas universales. Habrá obra.
El edificio no tiene rótulo ni, de momento, benefactor que lo restaure. Está incluido en el Catálogo de Bienes Protegidos de Teguise y protegido sobre el papel del Plan Insular de Ordenación de Lanzarote (PIOL). Pero su inclusión en un documento de estas características no garantiza su conservación.
Hay ejemplos semejantes y derruidos en toda la isla. Basta pasearse por el roto frente marítimo de Arrecife para contemplar la malla que evita desprendimientos en la Casa Pereyra, un edificio que un lanzaroteño miembro de la Real Sociedad Española de Historia Natural, mandó levantar en 1915, con un mirador único y onírico.
Luis Ramírez se mantuvo soltero y nunca dividió su gran patrimonio. Era propietario del antiguo edificio del Casino de Arrecife: hoy, Casa de la Cultura también trancada, truncada y sin opción de disfrute, por múltiples y concatenadas razones (burocráticas, conservacionistas y económicas).
En el número 6 de la calle José Betancort de Teguise, se levanta la casa del Marqués de Herrera y Rojas, gracias a que nuestro protagonista tuvo la feliz iniciativa en 1929 de aprovechar bien el esqueleto de una antigua vivienda del siglo XVIII.
También construyó este mecenas, a través de una donación testamentaria, la casa de romeros de la Ermita de las Nieves, costeó la fuente y los bancos de piedra de la plaza de la Constitución de la Villa, contribuyó a la rehabilitación del Castillo de Santa Bárbara y creó una beca para alumnos lanzaroteños que no tenían dinero para sufragarse los estudios.
Quiso ser enterrado bajo una pirámide, y bajo esa figura reposan hoy sus restos en el cementerio de La Villa.
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