Tiempo de marcianos

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La primera vez que el antropólogo francés René Verneau puso un pie sobre el malpaís notó el impacto de su forma y lo inaudito de su fondo.
“Nada se le parece”, escribió en su cuaderno.
Cataplún. Lanzarote. Willkommen.
En la isla más oriental de Canarias hay un mar de roca impracticable, un discurrir de piedras que se retuercen en un baile gótico made in Mordor donde no caben las sendas.
Todo empezó en 1730. El 1 de septiembre, la corteza terrestre se abrió y eructó un kilómetro cúbico de lava. Era viernes y un cura escribió la crónica de la espectacular erupción basáltica. Entre las nueve y las diez de la noche “la tierra se abrió de pronto”, una “enorme montaña” se elevó y comenzó a escupir fuego. La lava se extendió hacia el norte, “al principio con tanta rapidez como el agua”, más tarde con viscosa velocidad de miel.
El fuego líquido se solidificó y reventó en añicos mezclándose con las espumas del Atlántico. Así se construyó la costa noreste, hecha de acantilados cortados al temple. El magma cubrió casi la cuarta parte de la isla e hizo desaparecer una veintena de pueblos (Mazo, Santa Catalina, Maretas…) y sus correspondientes cultivos. El show de truenos y ceniza se prolongó durante 2.055 días. No hubo víctimas mortales.
Cuando llegó la calma -y los primeros cartógrafos- se encontraron con un impactante sistema volcánico de cien bocas y una veintena de conos, con una población embarcada en éxodos interiores y migraciones hacia las islas vecinas.
Fotografía de Gero Brandenburg.
Fotografía de Gero Brandenburg.
El resultado de este cuplé geológico lo visitan ahora más de 870.000 personas al año, en un recorrido de 14 kilómetros creado por un equipo de artesanos cuyo trabajo rozó la esclavitud y cuya pasión no tuvo límites. No está documentado que el campesino del siglo XVIII recurriese al sarcasmo (“ahora vas y cultivas cebada aquí”) pero sí han quedado más que constatadas sus dotes para el ingenio.
Su supervivencia dependió de su capacidad de comprensión del nuevo medio natural. Así averiguó que aquella capa de pequeños y porosos piroclastos de basalto (lapilli) era capaz de retener la humedad de la noche. Así empezó una de las agriculturas desérticas más marcianas del mundo. Hoy, el cultivo de árboles frutales y viñedos en hoyos de lapilli y burbujas volcánicas es un patrimonio paisajístico y etnográfico de primer orden.
En las faldas del volcán del Cuervo, permanece intacto un pedazo de cráter expulsado por efecto de la explosión. Algunos fragmentos de roca parecen masas de pan petrificadas. La senda que bordea este monumento a la ciencia ficción es una alfombra de pequeños guijarros volcánicos (rofe) entre los que brilla de vez en cuando el verde del olivino, un mineral formado por tetraedros de silicio y oxígeno, y que se encuentra en las rocas ígneas basálticas. No se confundan: no somos Indiana Jones, echárselo al bolsillo está penado por la ley.
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Las tiendas que dicen venderlo incrustado en sus diablos y sus vírgenes suelen importarlo de China. La verdadera magia de Lanzarote no está en las leyendas, ni en los amuletos,  sino en la abrumadora historia de este terruño superviviente, un lugar que fue desvastado por la sequía, las langostas, los piratas y los caciques contemporáneos y ha sabido resurgir con una belleza marciana.
A simple vista, la caldera marciana Niri Patera y el abrumador paisaje de Timanfaya parecen hermanos gemelos. Jesús Martínez Frías -doctor en Geología y miembro de la misión NASA-Mars2020- dice que se pueden establecer interesantes analogías: “Canarias es ya una referencia científica en la investigación de Marte. Lanzarote será un paso más muy importante que aportará nuevos datos y tal vez también nuevos modelos”.
Sabíamos que en el planeta rojo existió agua (y que hay holandeses muy locos que quieren usarlo como escenario de un reality show interplanetario). Lo que ignorábamos hasta ahora es que Marte está vivo, al menos desde el punto de vista geológico. Lo ha confirmado el Curiosity: por primera vez existen evidencias de que en los primeros cinco centímetros del suelo marciano se forman salmueras. Agua líquida salada.
En Lanzarote, el equipo de Martínez Frías y el Laboratorio de Geodinámica de Lanzarote ha comenzado “a muestrear, de manera selectiva, una zona no visitable del interior de la Cueva de los Verdes”. Quieren estudiar cómo interactúan las rocas volcánicas con los fluidos y los minerales que se generan en ese encuentro. El espacio donde trabajan es una obra maestra de la naturaleza: un tubo volcánico de ocho kilómetros de longitud originado, cómo no, por la erupción de un cono que domina el paisaje septentrional de la isla: el volcán de la Corona.
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Ilustración: Amcarq.

Los viajeros visitan los acondicionados Jameos del Agua y la Cueva de los Verdes, pero pocos llegan a conocer la magnitud subterránea y el interés científico de la zona, que integra varias oquedades más (el jameo de la Gente, el Redondo, el Cumplido, el de la Puerta Falsa, el de los Lagos, el Trasero, etc). Un tramo de esta gruta submarina, el Túnel de la Atlántida, es el hábitat de una estrambótica fauna cavernícola de crustáceos e invertebrados. Son fósiles vivientes, ciegos, frágiles, de color blanco, olfato fino y metabolismo lento. Canela fina para la comunidad científica.
Del Smithsonian al Imperial College. Lanzarote está en el punto de mira de la comunidad científica internacional. No es nuevo, pero a la vieja fauna hotelera -creadora del ‘todo incluido’- no le conviene entenderlo. Todavía hoy sigue empeñada en ofrecer confort orientalizante en primera línea de mar. Una espeluznante mezcla de Ibiza, Turquía y Torredembarra.
Afortunadamente, son legión los isleños y viajeros conscientes que aman profundamente el territorio y quieren conocerlo en profundidad.  “Lanzarote puede convertirse en una zona de primer nivel mundial para la ciencia, la educación y la cultura”, dice Martínez Frías. Un nuevo turismo científico, cultural y gastronómico se impone al obsoleto modelo desarrollista. Adiós happy hour de sangría; hola deliciosa aventura local. Es la hora del científico. Se barrunta tiempo de marcianos.
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