‘Cómo tener sexo en una epidemia’ (Gracias, Bob Pop)

Junio, 1981. Estados Unidos confirma el primer caso de SIDA en el mundo. Sólo cuatro meses después el Hospital Vall d’Hebron de Barcelona diagnostica el primero en España.

La situación es para echarse a llorar: la Organización Mundial de la Salud considera la homosexualidad una enfermedad (no dejará de hacerlo hasta 1990) y la sociedad, desinformada y aterrorizada, estigmatiza a la comunidad gay. Se desconocen las causas de la enfermedad y las vías de transmisión no están claras. No existe tratamiento y en Estados Unidos, tampoco sanidad pública a la que acudir.


La recomendación oficial es la abstinencia sexual. Se pide a la gente que evite las relaciones sexuales para no contraer el SIDA igual que se pide al fumador que deje el tabaco para no sufrir cáncer de pulmón. El sexo se convierte en un vicio equiparable a drogas que perjudican gravemente la salud. Los sectores más conservadores de la sociedad norteamericana intentan extender una idea: el SIDA es una lacra asociada a la promiscuidad homosexual.


“Si os queréis, informaros y protegeros”

En medio de este caos informativo y propagandístico, tres señores autoeditan un manual de 40 páginas con indicaciones muy concretas sobre cómo mantener sexo seguro durante la epidemia de VIH. Se titula How to have sex in an epidemic (Cómo tener sexo en una epidemia), se basa en las evidencias científicas del momento (1983) y habla por primera vez de sexo seguro. No juzga ni hace reproches morales. Su objetivo es que el SIDA no se cobre más vidas. Punto.


“En los centros urbanos de las mayores ciudades del mundo lo que empezó como libertad sexual se ha convertido en la tiranía de las enfermedades de transmisión sexual”, comienza la introducción. Gonorrea, sífilis, hepatitis y… ahora, SIDA. Era vital frenar la cadena de transmisión.


El manual se basa en una premisa: “Si os queréis, informaros y protegeros mutuamente; si no os queréis, hacerlo por el resto”. Por primera vez, se habla claro sobre las vías de contagio y existe una publicación con base científica y un lenguaje sencillo que habla de fluidos, prácticas sexuales habituales y condones capaces de frenar el contagio.


La primera guía de sexo seguro

La guía fue escrita por el músico pop Michael Callen, el chapero sadomasoquista Richard Berkowitz y el médico Joseph Sonnabend. No gustó absolutamente a nadie. La comunidad gay se soliviantó pensando que esas 40 páginas eran gasolina para el fuego de la homofobia. Otros pensaron que alentaban la promiscuidad. El tiempo lo ha convertido en un ejemplo valiente y brillante de divulgación científica. Fue la primera vez que se extendió el mensaje de usar preservativos para evitar enfermedades de transmisión sexual.


El VIH ha matado a 35 millones de personas y sigue siendo “uno de los mayores problemas para la salud pública mundial”, según la OMS. A finales de 2018 había casi 38 millones de personas afectadas en todo el mundo, el 70% en África. El miedo a ser detenidos y juzgados hace que muchos homosexuales no pidan ayuda médica en nuestro continente vecino.
La abstinencia y la fidelidad a una única pareja sexual han sido los mensajes principales de las campañas de concienciación norteamericanas, que relegan el preservativo al tercer puesto de una estrategia que sigue sin funcionar.


Muchas niñas europeas de clase media, nacidas en los 80, fuimos educadas en colegios concertados donde se enseñaba el Método Ogino como anticonceptivo, a pesar de ser una ruleta rusa de bajísima eficacia (el ciclo menstrual es variable) y de ser un procedimiento inútil a la hora de protegernos de infecciones de transmisión sexual. La puesta de condón en plátano era un ejercicio de cole público.


Se puede salir de un centro educativo cristiano con 16 años y sin saber qué es la clamidia, ni cómo protegernos de ella. Es más difícil salir de allí sin el mantra de que el sexo debe implicar forzosamente amor duradero y planteamiento de maternidad.

Priorizar la evangelización de un estilo de vida a la educación basada en la evidencia científica siempre sale mal. No importa cuál sea el credo o la bandera activista que se enarbole.


How to have sex in an epidemic salvó miles de vidas. Bob Pop contó la historia hace unos días en Late Motiv y me pareció tan hermosa que fui corriendo a Google para leer el panfleto y seguir contándola para que se extienda con un índice de contagio superior a 2.

Cape Town, Sudáfrica, 1980. Día Mundial contra el SIDA. Un titiritero encarna a un médico que extrae sangre a Joe, el protagonista del espectáculo, para ver si da positivo por VIH. Foto de Gary Friedman.

Publicado por M.J. Tabar

Periodista.

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